La gobernadora que Morena convirtió en líder nacional

De Chihuahua a México

FECHA:

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La política mexicana suele tener una extraña capacidad para crear, desde el poder, a sus propios adversarios. No siempre los liderazgos opositores nacen de una estrategia brillante, de una estructura nacional aceitada o de una candidatura cuidadosamente construida. A veces nacen del exceso, del agravio, del intento de castigo. A veces el régimen, al señalar a alguien como enemigo, termina regalándole el reflector que nunca tuvo. Eso parece estar ocurriendo con Maru Campos.

Hasta hace unas semanas, la gobernadora de Chihuahua era, para buena parte del país, una figura regional. Una mandataria panista con peso local, con conflictos locales, con una agenda concentrada en su estado y sin un lugar claro en el tablero nacional. No era la voz opositora que encabezaba marchas, ni la figura que sintetizaba el enojo de millones, ni el rostro inevitable de la confrontación con Morena. Era, en términos nacionales, una gobernadora más.

Pero la polémica por el operativo en la Sierra Tarahumara, las acusaciones sobre participación de agentes extranjeros, la narrativa de violación a la soberanía y la amenaza de juicio político cambiaron el eje de la discusión. Morena creyó encontrar una vulnerabilidad. Tal vez pensó que podía exhibirla, arrinconarla y convertirla en ejemplo de una oposición irresponsable. Pero en política no siempre gana quien acusa primero. Gana quien logra conectar emocionalmente con una causa. Y Maru Campos encontró una: combatir al crimen organizado sin pedir permiso al miedo.

El punto no es si todos los mexicanos comparten sus formas, sus alianzas o sus declaraciones. El punto es que millones sí comparten el hartazgo frente a la violencia, la inseguridad y el narcotráfico. Para muchos ciudadanos, la discusión no es si hubo exceso de coordinación, si faltó protocolo o si el discurso de la soberanía fue vulnerado. La pregunta más simple, más brutal y más políticamente poderosa es otra: ¿de qué lado está cada quien cuando se trata de enfrentar al crimen? Ahí está el riesgo para Morena. Porque al convertir a Maru Campos en objetivo nacional, también la convirtió en símbolo. Y los símbolos no se controlan desde una conferencia de prensa.

La analogía con López Obrador en 2005 es inevitable. Entonces, el intento de desafuero contra el jefe de Gobierno del Distrito Federal buscaba cerrarle el paso político. El resultado fue el contrario. Aquella ofensiva lo victimizó, lo nacionalizó y lo transformó en líder opositor. El agravio jurídico se volvió combustible político. El poder quiso sacarlo de la boleta, pero terminó colocándolo en el centro del escenario. El 7 de abril de 2005 la Cámara de Diputados aprobó el desafuero; unas semanas después, la “marcha del silencio” terminó de convertir el expediente legal en movimiento político.

Hoy Morena corre el riesgo de repetir, desde el otro lado de la historia, el mismo error que tanto denunció. La 4T sabe mejor que nadie que una persecución, real o percibida, puede tener dividendos enormes. Sabe que ser víctima del régimen puede ser más rentable que ser candidato. Sabe que una causa sencilla, emocional y moralmente entendible puede ordenar a una oposición fragmentada.

Maru Campos no necesitaba aparecer como presidenciable para empezar a serlo. Le bastó ser atacada. En un país sin liderazgo opositor claro, donde los partidos parecen administradores de derrotas y no constructores de esperanza, una gobernadora que se planta frente al discurso oficial puede convertirse en algo más que una mandataria estatal: puede convertirse en punto de reunión.

El 2027 será la primera prueba. Chihuahua, que Morena ya veía competible, puede volverse una elección plebiscitaria: no sólo sobre la sucesión local, sino sobre el trato del poder federal a una gobernadora opositora. Y si Morena insiste en empujarla al centro del conflicto, quizá termine dándole una causa nacional antes de que ella misma la hubiera construido.

El 2030 es todavía lejano, pero la política también se fabrica con accidentes. López Obrador no nació nacionalmente en una campaña presidencial; nació como víctima de una ofensiva que parecía técnica y terminó siendo moral. Maru Campos podría estar entrando en una ruta parecida: de gobernadora discreta a rostro de resistencia; de figura local a bandera nacional; de adversaria regional a posible liderazgo opositor.

Morena debería entenderlo: no todo enemigo se destruye atacándolo. Algunos se construyen.

Y quizá, sin proponérselo, la 4T acaba de empezar a dibujar el rostro de la oposición que México no tenía.

mateoledesmaortega@gmail.com

Substack: @josmateoledesma

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