Desde un principio señalamos que era un error político intentar minimizar el papel sustancial que desempeñan los partidos aliados. No es lo mismo remar a contracorriente que avanzar con una fuerza que aporta estructura, votos y acompañamiento estratégico. Por ello, corresponde valorar y reconocer a quienes, además de afinidad política, suman una cantidad de votos que termina marcando la diferencia en un proceso electoral.
En ese contexto, el Partido del Trabajo ha atravesado un periodo de adaptación que ha sabido sortear con madurez. Desde el inicio, el PT ha mostrado la capacidad política necesaria para enfrentar situaciones complejas y sostener un acompañamiento irrestricto a uno de los referentes más sólidos de la historia contemporánea: Andrés Manuel López Obrador.
Más allá de las afinidades, Morena y el PT han tenido diferencias que, en ciertos momentos, han cimbrado al proyecto de la Cuarta Transformación. El ejemplo más claro fue el debate en torno al Plan B. Tras el análisis interno de cada partido, llamaron la atención las reservas presentadas por el PT. En lo personal, aquello representó un acto de congruencia. Y, al mismo tiempo, evidenció que, pese a los acuerdos legislativos, el petismo hizo valer su derecho a disentir. Morena buscó el respaldo de sus aliados y, en buena medida, se cumplieron los objetivos planteados para frenar el despilfarro de recursos en los congresos locales. Ese reconocimiento incluso se expresó en la propia mañanera, en voz de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Sin embargo, apenas se conocieron algunos pormenores del proyecto, surgió una estrategia perniciosa contra el PT. La narrativa se endureció y, por momentos, se estuvo cerca de un rompimiento que habría puesto en riesgo los planes trazados hacia el futuro: ganar el mayor número de gubernaturas y revalidar la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Ese clima generó una barrera que dificultó la interlocución con los partidos aliados.
Luisa María Alcalde, encargada de construir un pacto de unidad rumbo a 2027, falló al subestimar la colaboración histórica del PT. Ese error, justo en la antesala de las encuestas, obligó a la mandataria a mover las piezas del tablero.
Hoy, con el reacomodo en la cadena de mando, la comunicación fluye nuevamente. Citlalli Hernández y Ariadna Montiel retomaron el diálogo con los liderazgos del PT, mostrando la voluntad política que antes había faltado. Esa operación minuciosa dejó claro que, más allá de la afinidad, Morena y la propia Sheinbaum reconocen la capacidad y el peso político del Partido del Trabajo. En ese marco, quedó entendido que el consenso y la negociación se desarrollarán en los mejores términos cuando se instalen las mesas de trabajo.
Si seguimos la lógica —como lo hemos señalado en otros espacios—, deberá prevalecer el equilibrio de fuerzas: ceder y abrir espacios de participación al PT. Y es que, desde hace años, el PT ha fijado la mirada en Michoacán, una aspiración vinculada a la corriente de opinión favorable a Reginaldo Sandoval, figura cercana a Alberto Anaya, presidente nacional del partido.
Sandoval ha recorrido el territorio para medir el pulso ciudadano. Sus visitas a municipios y su interlocución con Morena evidencian que toda la estructura del PT se mantendrá alineada para impulsarlo. Hasta donde se sabe, el propio líder del PT en la Cámara de Diputados ha puesto sobre la mesa esa posibilidad.
Incluso, una maniobra podría llevarlo a coordinar la defensa del voto, ahora que el equilibrio de fuerzas entre Morena, PT y PVEM será determinante. Si el PT insiste y hace valer su derecho legítimo a abanderar un territorio, el enroque es posible. Y ese territorio, por supuesto, es el Solio de Ocampo.

