El mayor interés de los políticos es enmascarar la crudeza del ejercicio del poder. Para hacerlo recurren a las ideologías. En ellas han encontrado la máscara perfecta, que crean, estiran y acomodan a placer, para encubrir el ego desbordado y la soberbia que alimenta su anhelo de poder, o el poder que detentan.
La ideología es la alegre y optimista narración que logra justificar las más repugnantes aberraciones, incongruencias o ineptitudes que cometen quienes ejercen el poder. La cancelación de libertades, la corrupción, la muerte de ciudadanos, los exilios, la mala administración, la mentira, la guerra, pueden encontrar justificación en la ideología. Que el fin justifique los medios es tarea de la ideología.
El nacionalismo, la religión, la supremacía cultural o étnica, la clase, la superioridad moral, el progreso, y hasta la libertad y el igualitarismo, suelen ser los ingredientes de las ideologías. Que por matices algunas se proclamen de izquierdas, centros o derechas es por completo secundario frente a su utilidad ante el poder. Ambas son expertas en construir enemigos y en reducir la realidad social a buenos y malos porque así conviene. Sin enemigos no tendrían la atención de los ciudadanos. Con esta técnica maniquea promueven el miedo a los otros y la validación y pertenencia tribal.
¿Y por qué los matices son secundarios? Porque a la hora de ejercer el poder todas tienden a ser iguales. Es decir, la manera en que se ejerce el poder es lo que debe de conocerse y valorarse. Lo que importa son los actos de poder. Ejemplo claro de esta afirmación es el comportamiento de la mayor parte de la clase política mexicana que terminó reagrupándose en el partido oficial haciendo a un lado su ideología previa para asegurarse el poder. No lo hicieron por incongruencia sino por pragmatismo que es la sustancia del poder sin ética. Lo otro, la máscara, la fachada, lo que dicen, es lenguaje florido, es el cebo para que la masa pueda digerirlos.
Las derechas y las izquierdas ambas han propiciados infiernos ahí donde han gobernado, ambas han propiciado desde gobiernos cuerdos y satisfactorios hasta gobiernos mediocres y criminales. Ambas han transitado hacia estados totalitarios y dejado ruinas. La historia mundial tiene un repertorio abundante de todos los casos, desde las purgas estalinistas de la desaparecida URSS, el holocausto Nazi, los millones de muertos de hambre con el comunismo chino, pasando por las dictaduras latinoamericanas de mediados del siglo XX, llegando a los autoritarismos populistas del siglo XXI que también son de derecha y de izquierda.
Las máscaras ideológicas han ido y venido, se dejan de usar en una latitud y son retomadas en otras. Y unas y otras nos han querido hacer creer que cada cual es mejor que la otra. Derecha e izquierda se acusan de los infiernos que protagonizaron, pero jamás aceptan su responsabilidad histórica. Jamás asumen que sus modelos tienen fallas inherentes a su genética y se excusan con el argumento de que fallaron por causas externas o mejor aún porque sus enemigos las hicieron fallar. Lo cierto es que el poder los iguala.
Se llega a creer que todo se arreglará perfeccionando el discurso ideológico y por ello se obliga a que las miradas sigan fijas en el debate de los argumentos de unos y de otros, debates que suelen tener olor a Bizancio. Al hacerlo distraen la mirada ciudadana del lugar en donde todos debemos mirar: la manera en cómo se ejerce el poder. A quién beneficia. Si se hace con virtud o con perversidad.
La izquierda y la derecha pueden ser tan autoritarias en los usos del poder que a ambas le puede ir bien el adjetivo de ultras. O pueden ser suaves porque no les quedó más que aceptar la fuerza cívica que acotó el poder y en ese caso asumirse como liberales y demócratas. Pero el uso concreto del poder siempre está más allá de la ideología. Un espíritu melómano y enfermizo, de izquierda o de derecha, puede acomodar o romper el orden jurídico para proclamarse tirano y arrasar con las reglas democráticas como eliminar la división de poderes, las transparencias, proclamarse la voz de la verdad absoluta o de plano intentar nombrar a un caballo como cónsul como lo pretendió Calígula.
El poder es una entidad con tanta potencia que eternamente refabricará la máscara ideológica que necesita para justificar la manera en que se ejerce. Y puede tomar una máscara del color que le plazca, después de todo el fin en sí mismo no es la máscara son los productos que se construyen con el poder que se enmascara.
La fuente de donde provino la persecución de opositores, la limitación de las libertades, el exilio de cientos, ocurrida durante el gobierno autocrático del somocismo en Nicaragua es la misma que detonó esas mismas prácticas que ahora ejerce el gobierno autocrático de Daniel Ortega contra sus opositores. Sí, el mismo que armó una revolución desde la izquierda para derrocar a la derecha. La fuente es el poder. Los hechos son los mismos. Las víctimas del somocismo y las víctimas del sandinismo lo fueron por la máxima de conservar al poder. Muerte es muerte. Lo demás es solo la máscara.
Por ese camino ha andado México y se puede verificar desde la revolución mexicana. La historia de nuestra revolución, de la posrevolución y de la actualidad no es otra más que la historia por el poder, de cómo unos grupos o unos caudillos se hacen de las estructuras del poder para hinchar a placer su ego, sus cajas de caudales, imponer maximatos, mirarse como virreyes y hasta proclamarse salvadores de la patria. La ideología es el cuento, es el mito que desata la emoción para generar subordinación.
Si ponemos nuestros ojos y toda nuestra atención crítica en el poder veremos el ejercicio de la política desde otra perspectiva y podremos pensar con claridad en que de lo que se trata no es solo de elegir sino de asegurarnos primero que esa entidad llamada poder esté fuertemente acotada, impedida para la autocracia, para el autoritarismo, para la concentración infinita de facultades, para la vanidad del culto a la personalidad, para los privilegios, para la estulticia, para la ineptitud, y para la impunidad. Y esa es la responsabilidad de los ciudadanos.
Cuando las herramientas institucionales de la república están hechas o han sido modificadas para permitir el crecimiento del poder autocrático, tomando como pretexto cualquier narrativa ideológica, que alimente el odio social a través de la polarización ideológica, el camino llevará inevitablemente a la violencia política. La razón es clara: las sociedades son infinitamente plurales y no soportan las verdades únicas ni los poderes omnímodos por mucho tiempo. La historia siempre se puede repetir.
Más que a las ideologías lo que debemos amarrar bien es el monstruo del poder que la sociedad le otorga con sus votos a los gobernantes. Mientras más acotado esté el poder con leyes y contrapesos mejor será la competencia y mejores las posibilidades para que la voz de la pluralidad también se instituya en poder y más fácil para que las sociedades se puedan deshacer de los gobiernos autoritarios, corruptos o ineptos. La mayor virtud de una democracia es que cuente con reglas de acero para echar del poder a los que se creen dioses y por ello destruyen el capital social de la humanidad: la compasión, el respeto, la prudencia, la cordura, la humildad y la honestidad.
La democratización y desacralización del poder supone el desenmascaramiento de las ideologías y las mitologías que lo sustentan. El más relevante de esos mitos es el de que la voz del poder es la voz del pueblo y por lo tanto la voz de la verdad. Eso jamás ocurrirá, si acaso intentará representar la voz de un partido (parte de) que termina siendo la voz de un interés de personas, la voz de su ego inflado.
La eficacia de la ideología del poder se mide por la capacidad para hacer sentir y creer que la subordinación es libertad, la muerte es vida, la corrupción es honestidad, el clientelismo es justicia, la ineptitud es eficacia, el totalitarismo es pluralidad, el miedo es valentía y la imposición es elección. Pero la cereza del éxito es lograr que por estas razones el ciudadano renuncie plácidamente a sus deberes cívicos y asuma la simulación como la democracia y el autoritarismo como la voluntad de todos.
El único camino más o menos cierto para reconocer una práctica adecuada de poder radica en la ética-moral de las personas, es decir, en la aplicación categórica de los valores que asume la persona. No existe el grupo, la tribu, el partido o la clase a la que pueda atribuírsele el don de lo bueno o de lo malo, eso jamás ha existido, lo que sí ha existido son personas que en algunas circunstancias han hecho uso virtuoso del poder bajo el horizonte del bien común. Circunstancias que por cierto solo se pueden evidenciar con hechos y no con discursos. Esto los ciudadanos debemos saber identificar.
Ante el poder los ciudadanos siempre deben guardar distancia, revisar y ser críticos de los actos que a su nombre se hacen, denunciar y combatir los despropósitos y tener a la mano la podadora para cortar los excesos de los egos políticos, obligarlos a que cumplan su deber con eficiencia dentro de los límites de la ley. El poder de la sociedad solo puede valer en la medida en que el poder de las élites es acotado y son echados de las instituciones los enfermos de tiranía y despotismo sean de derecha o sean de izquierda.

