El Mundial que ni nos sabe

La opinión de Abelardo Pérez Estrada ✍🏻

FECHA:

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Yo tenía once años cuando llegó el Mundial de 1986, cuando pienso en aquella Copa del Mundo mi primer recuerdo no es la mano de Dios de Maradona, ni los estadios, ni siquiera los partidos, recuerdo mi México, mi país.

La televisión de la casa encendida desde temprano, los vecinos entrando y saliendo, los restaurantes transmitiendo los encuentros, las calles vacías cuando jugaba México, las canchas improvisadas donde todos queríamos ser Maradona, Hugo Sánchez o Manuel Negrete.

Era un Mundial que se vivía, aunque nunca entraras a un estadio.

La televisión abierta llevaba los partidos a cada rincón del país, los restaurantes improvisaban pantallas, los vecinos abrían las puertas de sus casas, durante un mes, el futbol lograba algo que pocas cosas consiguen: convertir a millones de personas en parte de una misma conversación.

El Mundial era una experiencia compartida, también producía símbolos que surgían de manera natural.

Ahí estaba Pique, la mascota oficial, un chile con sombrero que representaba a México sin complejos y junto a él apareció otro símbolo que nadie planeó, Mar Castro.

Aquella aficionada captada en las tribunas con una camiseta de Carta Blanca que terminó convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de aquella Copa del Mundo.

Nadie la eligió, ni la diseñó, simplemente ocurrió y fue porque el Mundial pertenecía a la gente.

Cuatro décadas después el escenario es distinto, la FIFA ya no vende solamente futbol, aprendió a vender experiencias, exclusividades, plataformas, patrocinios y derechos comerciales, el negocio creció, se profesionalizó y se volvió extraordinariamente rentable.

Los boletos para algunos partidos cuestan lo que para muchas familias representa varios meses de ingreso, los espacios públicos están sujetos a contratos internacionales, el acceso a contenidos depende cada vez más de plataformas, permisos y acuerdos comerciales.

El Mundial sigue llegando a México, pero cada vez se parece menos al Mundial que los mexicanos recordamos.

La pregunta incómoda es si alguien defendió los intereses de los anfitriones.

El gobierno de Claudia Sheinbaum aceptó prácticamente todas las condiciones exigidas por la FIFA para la organización del torneo, se adecuaron espacios, se otorgaron facilidades y se asumieron compromisos especiales para garantizar el espectáculo.

Todo para que el Mundial funcione, pero muy poco para que el Mundial siga sintiéndose cercano a la gente.

Y entonces ocurrió algo que resume mejor que cualquier discurso el México que recibirá la Copa del Mundo.

Poco después de las tres de la madrugada del 11 de junio, la CNTE acordó una movilización con destino al Estadio Azteca, la cita era a las ocho de la mañana, exactamente a la misma hora en que el estadio abriría sus puertas para patrocinadores e invitados especiales, justo una hora después comenzaría el acceso al público.

La imagen es brutal, de un lado, patrocinadores globales, contratos multimillonarios, zonas VIP y el espectáculo que la FIFA vende al mundo, del otro, miles de maestros inconformes por las calles.

Pero lo verdaderamente revelador no era la marcha, era quiénes marchaban.

La CNTE no fue una adversaria de la llamada Cuarta Transformación, durante años fue una de las organizaciones sociales y políticas que acompañaron a Andrés Manuel López Obrador, a Morena y a Sheinbaum, en buena parte del país, muchos de quienes hoy protestan ayudaron a construir las victorias electorales de 2018 y 2021.

Por eso la escena frente al Estadio Azteca tiene una carga simbólica enorme, no estamos viendo solamente un conflicto sindical, estamos viendo a una parte de quienes ayudaron a construir el actual régimen reclamando el cumplimiento de promesas que numerosos especialistas consideraban inviables desde antes de que fueran pronunciadas.

Y ahí aparece el verdadero contraste entre 1986 y 2026.

En 1986, a pesar de la crisis económica y de las heridas abiertas por el terremoto de 1985, el Mundial logró convertirse en un espacio de encuentro nacional, México tenía muchos problemas, pero durante un mes los mexicanos sentimos que aquella fiesta era nuestra, estaban en nuestra casa, éramos anfitriones.

En 2026, mientras el Azteca abre sus puertas para patrocinadores, invitados especiales y una industria global valuada en miles de millones de dólares, afuera marchan ciudadanos inconformes exigiendo respuestas.

No es un problema de futbol, es un problema de país, porque el verdadero contraste entre ambos mundiales no está en los estadios, en la tecnología o en el dinero.

Está en el sentido de pertenencia, en 1986 el Mundial parecía de México para el mundo, en 2026 da la impresión de dar a conocer el mundo en México.

Porque hace cuarenta años el Mundial logró unir temporalmente a los mexicanos alrededor de una misma emoción, hoy, ni siquiera quienes ayudaron a construir el régimen están celebrando la fiesta, mientras el mundo verá una inauguración, México seguirá discutiendo sus pendientes.

Y cuando una fiesta no logra hacer una pausa en los problemas de un país, deja de ser una fiesta nacional para convertirse simplemente en un espectáculo internacional.

POSDATA:

“… La imagen más poderosa de este Mundial quizá no ocurra dentro del Estadio Azteca. Quizá ocurra afuera, donde una parte de quienes ayudaron a construir el poder hoy le recuerdan que las promesas también tienen fecha de cobro…” 

Es tiempo de los ciudadanos …. ¡¡¡¡ Viva Mexico!!!!

 

Abelardo Pérez Estrada

Empresario, Analista, Expresidente CANACINTRA

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