El Mundial de Futbol 2026 no solo se juega en las canchas. También se juega en las calles, en las plazas, en los bares, en las pantallas gigantes, en los gritos colectivos, en las caras pintadas, en las camisetas verdes, en los abrazos entre desconocidos y, lamentablemente, también en los excesos que acompañan a las multitudes cuando la emoción pierde límite.
El futbol tiene esa rara capacidad de suspender, aunque sea por unas horas, las diferencias de todos los días. En el estadio, algunos están dispuestos a pagar cantidades exorbitantes por un boleto, una camiseta, una experiencia, una fotografía o un lugar dentro del espectáculo oficial. Ahí la fiesta también está marcada por el dinero: quién puede entrar, quién puede sentarse mejor, quién puede viajar, quién puede consumir y quién puede presumir que está ahí.
Pero afuera ocurre otra cosa. En las calles, el Mundial adquiere un carácter más popular, más espontáneo y quizá más auténtico. Ahí no importa tanto el ingreso, el apellido, el grado académico, el origen étnico, la profesión o la ideología. La multitud borra por un momento las jerarquías. El que no puede pagar un boleto grita igual. El que nunca entra a un palco llora igual. El que no entiende de tácticas abraza igual. El futbol se vuelve idioma común, coartada sentimental, pretexto para pertenecer.
Esa es la belleza de la fiesta futbolera: su capacidad de igualarnos. Pero también ahí está su riesgo. Porque la misma fuerza emocional que une también desborda. La sicología de las masas opera de manera silenciosa pero poderosa. Lo que una persona sola no hace, muchas veces lo hace cuando se siente protegida, confundida o empujada por la multitud. Si todos gritan, gritamos. Si todos saltan, saltamos. Si todos insultan, insultamos. Si todos corren, corremos. Si todos empujan, empujamos. Si todos destruyen, algunos terminan destruyendo sin saber exactamente por qué.
La euforia colectiva tiene algo de contagio. Se contagia la alegría, se contagia el orgullo, se contagia la esperanza. Pero también se contagia la imprudencia. Corre el alcohol, se exaltan los sentidos, se reducen los frenos y se confunde la celebración con licencia. La calle puede pasar, en cuestión de minutos, de carnaval a estampida.
Por eso los llamados “Fan Fest” y las celebraciones masivas no pueden verse solo como actos recreativos. Son fenómenos sociales complejos. No basta poner pantallas, música, vallas y policías. Hay que entender a la multitud. Hay que prever sus movimientos, sus emociones, sus rutas de entrada y salida, sus puntos de presión, sus horarios críticos, sus zonas de consumo y sus posibles detonadores de pánico.
Una multitud alegre también puede ser una multitud vulnerable. La pregunta no es si debemos celebrar. Claro que debemos celebrar. Un Mundial en México no ocurre todos los días. La alegría popular también es un derecho. La calle también pertenece a quienes quieren vivir una fiesta compartida. Sería absurdo pedirle a un pueblo futbolero que se quede en silencio, encerrado o domesticado frente a una pantalla.
La verdadera pregunta es otra: ¿cómo celebrar sin saldos rojos? ¿Cómo disfrutar sin destruir? ¿Cómo permitir la emoción sin abandonar la responsabilidad? ¿Cómo vivir la fiesta sin convertirla en tragedia? La respuesta exige dos responsabilidades. La primera es de la autoridad. Organizar multitudes no es improvisar eventos. Es planear con seriedad, limitar aforos, controlar accesos, evitar cuellos de botella, regular la venta de alcohol, garantizar atención médica, tener rutas de evacuación, separar flujos, cuidar a niños y adultos mayores, impedir la pirotecnia riesgosa y reaccionar antes de que la emergencia ocurra. La prevención no luce tanto como el espectáculo, pero salva vidas.
La segunda responsabilidad es de la ciudadanía. Celebrar no significa perder la conciencia. La alegría no autoriza a agredir, empujar, destruir, acosar, romper, invadir o poner en riesgo a los demás. Una camiseta no convierte a nadie en dueño de la calle. Una victoria no justifica una tragedia. Una derrota no autoriza la violencia.
El Mundial puede mostrar lo mejor de México: hospitalidad, pasión, música, color, generosidad, emoción y sentido de comunidad. Pero también puede exhibir nuestras peores debilidades si confundimos fiesta con desorden, multitud con impunidad y euforia con permiso para todo.
El futbol tiene la fuerza de reunirnos. La madurez consiste en no permitir que esa misma fuerza nos arrastre.
Porque una celebración verdaderamente memorable no es la que termina con vidrios rotos, calles destruidas o familias llorando. Es la que permite volver a casa con la voz ronca, la camiseta sudada, el corazón lleno y la tranquilidad de saber que la alegría no deja víctimas en el camino.
La multitud también juega. Y esta vez, México no solo tiene que ganar en la cancha. También tiene que demostrar que sabe celebrar sin destruirse.

