En los últimos años ha emergido en contextos digitales el denominado fenómeno “therian”, término utilizado por personas que reportan una identificación profunda y persistente con un animal no humano como parte de su vivencia identitaria. Desde la psicología clínica, este fenómeno requiere un análisis cuidadoso que evite tanto la patologización automática como la validación acrítica.
Es fundamental distinguir entre identificación simbólica y alteración psicótica del juicio de realidad. En la mayoría de los casos reportados, la persona no sostiene una creencia delirante de transformación física, sino que describe una afinidad subjetiva, emocional o conductual con determinadas características asociadas al animal elegido (p. ej., independencia, agresividad, protección, territorialidad). En este sentido, la experiencia se ubica en el plano representacional e imaginario.
El manual diagnóstico DSM-5-TR no contempla el “therian” como entidad nosológica. Por lo tanto, la evaluación clínica debe centrarse en criterios transversales: conservación del juicio de realidad, integridad de la prueba de realidad, presencia o ausencia de deterioro funcional significativo y coexistencia de sintomatología afectiva, ansiosa, disociativa o psicótica. La diferenciación con trastornos del espectro psicótico resulta esencial únicamente cuando existe convicción delirante, desorganización del pensamiento o pérdida del contacto con la realidad, lo cual es excepcional en este contexto.
Desde una perspectiva psicodinámica, la identificación con un animal puede comprenderse como un mecanismo de organización del self. Puede operar como identificación defensiva ante vivencias de vulnerabilidad, trauma relacional o fragilidad narcisista. El animal funciona simbólicamente como depositario de aspectos pulsionales no integrados —agresividad, sexualidad, necesidad de autonomía— o como representación de un self idealizado que compensa sentimientos de inadecuación. En adolescentes y adultos jóvenes, etapa evolutiva caracterizada por la consolidación identitaria, este tipo de construcciones pueden adquirir mayor intensidad.
No obstante, cuando la identidad se sostiene exclusivamente a partir de referentes externos o tendencias comunitarias digitales, es pertinente explorar la posible presencia de difusión de identidad, vacíos estructurales del yo o dificultades en la integración de representaciones del self y del objeto. En estos casos, la intervención psicoterapéutica no busca descalificar la experiencia subjetiva, sino ampliar su significado, favorecer la simbolización y fortalecer la cohesión del yo sin depender de identificaciones rígidas o compensatorias.
Clínicamente, la pregunta relevante no es la veracidad literal de la identificación, sino su función psíquica. ¿Organiza el self o lo fragmenta? ¿Facilita la regulación afectiva o evita la elaboración de conflictos internos? ¿Se integra flexiblemente a la identidad global o sustituye aspectos nucleares del yo?
En síntesis, el fenómeno “therian” debe abordarse desde una evaluación estructural rigurosa que priorice el análisis del juicio de realidad y del funcionamiento global. La indicación terapéutica cobra particular relevancia cuando la identificación emerge en el contexto de inestabilidad identitaria, ansiedad significativa o antecedentes de trauma. En tales casos, la psicoterapia constituye un espacio para consolidar una identidad integrada, autónoma y menos dependiente de construcciones simbólicas externas.

