Todo poder es sospechoso

El análisis de Julio Santoyo ✍🏻

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No se puede pensar el poder más allá de lo humano. Por más técnica que se utilice para definirlo e instrumentarlo siempre aparecerá el rostro singular de quien lo ejerce: sus fobias, sus filias, sus personales trastornos, sus anhelos racionales e irracionales, sus miedos, sus carencias. Se puede entender mejor el poder cuando se conoce el alma de quien lo ejerce.

El poder es el deseo palpitante de la persona para someter al otro. El poder político es la transferencia singular del deseo de miles o de millones en favor de otro que se alza con la suma de todos esos deseos para decidir sobre ellos y muchas veces en contra de ellos.

Para reconocer y entender los resortes subjetivos que están detrás de las personales decisiones de quien ejerce poder debiera conocerse de qué está hecha la historia del actor. Se encontrarán cosas interesantes entre uno y otro pero siempre se les encontrará fascinados por el dominio sobre los demás.

Bastante se ha dicho que toda cuota de poder transforma al que la ejerce. Mientras más grande la cuota de poder mayor la posibilidad de la cuota de locura que puede padecer. La historia está pletórica de ejemplos sorprendentes, trágicos y cómicos, y solo algunos encomiables.

No se dice, pero debería asumirse que todo aquél que busca una cuota de poder pretende compensar algún desequilibrio propio. El afán de poder es síntoma de algo. De algo normalizado por los criterios socialmente aceptados, justificados en el derecho que regula el acceso al poder en cualquier régimen político.

Pero aquel que pretende, alcanza y ejerce un magno poder, en definitiva está expuesto casi siempre a un ejercicio errático, cómico y trágico en el ejercicio de ese poder, los ejemplos sobran. Se necesita un extraordinario equilibrio personal, una sanidad mental enorme y una capacidad de contención bastante entrenada en una ética precisa para que la ejecución del poder resulte satisfactorio para quienes le transfirieron su deseo particular de poder.

Hasta ahora el mejor medio civilizado que se ha encontrado para contener el frenesí de poder de los actores económicos y políticos es la democracia y el estado de derecho. Sin estos medios decisivos el poder no tendría límites para su expansión. Los totalitarismos lo son gracias a la fragilidad o inexistencia de esos medios.

Ningún individuo, ninguna sociedad, debería claudicar a su propio afán de poder. La claudicación plena supone la derrota frente al otro que se alza con todo ese poder. Una democracia sana es la que permite institucionalmente el ejercicio de los poderes individuales para acotar al que busca representar la huidiza y contradictoria voluntad de los demás.

Está visto en la experiencia histórica que las sociedades que han permitido que les arrebaten su propio segmento de poder, bajo el argumento que sea, terminan sometidas a la tiranía y arruinadas sus instituciones y su futuro.

El equilibrio de poderes que plantea la democracia no solo debe referirse a los poderes clásicos de la república, ejecutivo, legislativo y judicial. Debe considerarse el poder de los individuos, quienes deben poseer instancias y medios alternos para hacerse valer, precisamente para acotar y delimitar las ansias expansivas de quienes gobiernan a nombre de los demás, pero que jamás podrían representar el todo en sus infinitas expresiones.

La representación absoluta no existe, pregonarla es propio de la ignorancia, la ingenuidad política o bien de la perversidad populista. Por esta razón es por la que el poder de los ciudadanos es vital para evitar la tiranía y la opresión que de ella siempre se deriva.

Son tantos y tan plurales los intereses que conviven conflictivamente en una sociedad que la aceptación del concierto de esos legítimos poderes debería ser la premisa básica del ejercicio de un poder democrático. Esa es la cura virtuosa de la personalidad autócrata que late en la intimidad de todo político.

Las sociedades a las que se les impone un modelo de representación absoluta terminan en el totalitarismo, aunque se justifiquen con discursos historicistas, teleológicos o salvacionistas.

En los hechos necesitan crear y agudizar confrontaciones, y de manera general administran pésimamente los asuntos públicos ya que se cierran a toda competencia política. Creen que la ideología lo es todo, los demás es secundario.

Me preguntarán y ¿a qué va todo esto? … es que estoy viendo que este es el camino que está siguiendo México. ¡Podrán no coincidir conmigo, pero insisto, ahí están los hechos!

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