La tibieza de la Cop26

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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Alguna vez lo dijo el ya legendario Facundo Cabral, con ese tono agudo de sutil sarcasmo que solía utilizar para darle fuerza a su mensaje: “hay que desaprender tantas cosas que no le aportan nada bueno al mundo”. Decía incluso que eran necesarias escuelas para desaprender, que de sus aulas saldrían mejores personas.

Creo que tenía y sigue teniendo mucha razón. Su aseveración tiene tal actualidad que debería ser el punto de partida para cuestionar muchos de los problemas que asfixian nuestra contemporaneidad.

Algunos sugerirán que, en términos coloquiales, con ello se refería Cabral al proceso que tenemos que emprender para deconstruir conceptos y valores sobre los cuales se ha erigido nuestra modernidad, otros más afirmarán que de lo que se trata es de cuestionar paradigmas, porque algunos que reproducimos ciegamente nos están llevando al desastre.

Y todo esto tiene sentido por lo que está ocurriendo en la Cop26 (Cumbre de Naciones Unidas para el Cambio Climático). El debate global sobre los horizontes del calentamiento global y la construcción de consensos de los gobiernos del mundo para evitar la hecatombe si no reducimos el calentamiento, ha chocado con intereses paradigmáticos claros que obstaculizan la concreción de alternativas.

Parte de la economía del mundo, al menos los países que generan más del 53 % de la contaminación por carbón, que son parte de las economías “más desarrolladas”, han dicho que no a un acuerdo para ponerle fecha de punto final al uso del carbón como fuente de energía.

Es decir, el paradigma (modelo) energético del carbón tiene tal actualidad y tal poder económico que ha logrado anular los principios ambientalistas de algunos de los representantes en la Cop26, principios que deberían estar más allá de la inmediatez financiera del momento para evitar el mal mayor: la crisis civilizatoria por el cambio climático.

El mundo entero debemos desaprender valores, prácticas y concepciones que habitan en nosotros, que aprendemos y reproducimos en la rutina acrítica de la vida y que por centurias nos han venido empujando hacia la extinción de la especie humana. Y esto no tiene nada de apocalíptico, cualquiera pueda echar una mirada a su entorno para comprobar el estado en que tenemos al planeta, nuestro hábitat.

Facundo Cabral tenía razón, tenemos que desaprender el apego a ciertos valores que han fundado la civilización actual, como el progreso a costa de la naturaleza, el consumo a costa de lo sustentable, la economía a costa de la vida natural, la energía a costa de la intoxicación y la salud.

Los flacos resultados que ya está perfilando la Cop26 perfilan un lamentable fracaso. Quiere decir que los gobiernos del mundo y sus políticos, en esta hora que no admite posposiciones, claudicaciones ni discursos justificatorios, han sido demasiado pequeños ante la crisis ambiental planetaria.

No se ha querido entender que ya no queda tiempo para jugar a la decidía o para complacer a los intereses económicos que se han anclado en prácticas energéticas, extractivas y productivas de la Revolución Industrial.

La Cop26, por el tipo de acuerdos y límites autoimpuestos, podría quedar reducida a ser una simple crónica de la impotencia e incompetencia de la humanidad para salvarse y mitigar los daños al mundo.

La élite política global habrá sido derrotada por sus propias inercias, creencias y aprendizajes, contra las cuales no pretende hacer casi nada porque el poder político que ostenta le viene de los cuantiosos recursos de las empresas que han hecho fortuna a costa del medio ambiente.

El fracaso y vacío ejecutivo de la Cop26 arroja el balón a la cancha de los ciudadanos, de la sociedad global. Deja en ella y en sus capacidades ―autónomas de los poderes establecidos― la posibilidad de seguir potenciando desde lo local, desde los territorios específicos, acciones de organización y resistencia que empujen a los gobiernos nacionales a aplicar políticas para contener y revertir el ecocidio generalizado.

La verdad es que la ONU y la sociedad moderna no deberíamos desestimar la propuesta de Cabral y organizar una gran conferencia mundial con el propósito de Desaprender tantas tonterías distópicas que están a punto de sepultar a la civilización.

El primer Desaprendizaje tendría que ser el referente a la manera en que los ciudadanos nos relacionamos con el poder pues de él se han derivado las peores catástrofes humanas. La subordinación, el miedo y la abyección frente al poder de todos los signos, obstruye la construcción de las racionalidades críticas y las espiritualidades que necesitamos para encarar los nuevos problemas de la humanidad.

Si nuestro vínculo con el poder fuera distinto, de firmeza cívica y crítica independiente, otros gobernantes tuviéramos y acuerdos pertinentes y oportunos tendríamos para detener la tragedia climática que hoy se dibuja en el horizonte.

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