Fin del mundo y cambio climático

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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Una de las preguntas existenciales que la humanidad se ha hecho todo el tiempo es sobre el final. El final de su propia existencia y el final del mundo que habita.

En el fondo de esta pregunta subyace hiriente un sentimiento de culpabilidad, ya sea por dudar de su conducta individual en relación consigo mismo, por la manera en que es tratado por los demás, o bien por los equilibrios que rompe en su relación con la naturaleza.

En el poema de Gilgamesh de la cultura babilónica los dioses castigan a la humanidad por su mala conducta y sólo puede salvarse por la intervención subrepticia de otro dios menor que la pone a salvo de un diluvio universal asegurándole así la regeneración y la permanencia sobre el mundo.

Los griegos contaban un mito semejante. Zeus hastiado del comportamiento de los seres humanos, que habían empeorado en la quinta estirpe, decidió eliminarlos creando un diluvio universal que acabara con ellos. Para salvar a la especie, Prometeo que antes había entregado el fuego a los hombres, la hizo de protector gratuito anunciando a contra orden de Zeus, lo que vendría y previniéndolos para la salvación.

La biblia tiene el mismo relato. En todas las versiones la intervención de la divinidad, muy al reflejo del carácter iracundo de la propia humanidad, castiga y extermina por una razón precisa, siempre implícita, la culpabilidad humana.

Pensar el fin del mundo lleva por necesidad la aceptación de una civilización fallida, que ha llegado a un punto límite y sin retorno porque asume que se ha extralimitado. Una sociedad castigada que acepta el menos peor de todos los daños como medio de redención: la posibilidad del reinicio a partir de un núcleo promotor de la vida.

El contexto en el que las civilizaciones pasadas se formulaban estas preguntas se correspondía con un orden de creencias y prácticas productivas establecidas, pero también con las dudas que les angustiaba y que iban más allá de sus certidumbres ordinarias y que solo podían ser asumidas desde la religiosidad.

La enseñanza de los mitos de exterminio tenían, o tienen, una dirección pedagógica muy clara, el purgatorio de las conductas individuales que al ser contrastadas entre el bien y el mal terminan sancionadas por la inescapable fatalidad del castigo, el castigo de la aniquilación.

En los mitos de la antigüedad, si nos fijamos bien, hay una ausencia interesante. La única salida a la maldad humana es la destrucción, no aparece la posibilidad de la autocorrección. Y eso es explicable porque el sujeto principal, quien hace el juicio absoluto, el responsable final de restituir el orden, es dios.

En los tiempos que vivimos, en los que el hombre se ha colocado en la centralidad de todo el orden, las alternativas para responder las preguntas límite del fin de la existencia y del mundo son diferentes. En la actualidad la humanidad debe hacerse responsable de sus actos y más aún tiene en sus manos la posibilidad de modificar la fatalidad de la destrucción.

No se deja a dios el designio final ni se justifica en la ira de él la destrucción social o natural que pueda sobrevenir como consecuencia de actos insensatos. No puede esconderse para no asumir el papel activo de responsabilidad que le corresponde. Sabe, con profundo dolor, que él ha sido el protagonista de ese caos y que a él le corresponde remediarlo.

El cambio climático, como frontera límite de la sobrevivencia de la especie humana, nos obliga a pronunciar las preguntas: ¿es este el final?, ¿cuál es la responsabilidad individual que yo debo asumir? y ¿qué debo hacer para remediar el furor descontrolado y ciego de mi existencia destructora de la naturaleza?

Desde su perspectiva, los antiguos en circunstancias de crisis, observaban señales de decadencia y destrucción de su orden social y de su entorno natural y eso los alertaba sobre la cercana destrucción y les orillaba a preocuparse por el fin y el castigo, pero todo dependía de la voluntad iracunda de su dios, de quien dependía la renovación.

Para nosotros la perspectiva es diferente. Como nunca, la humanidad tiene un horizonte planetario bastante actualizado en el que figuran de manera destacada los desequilibrios del cambio climático ilustrados con evidencias científicas y gráficas elocuentes.

Sabiéndonos protagonistas centrales de nuestro “desarrollo” y “progreso” no podemos entonces eludir la responsabilidad del destino que labramos día con día. Y tampoco podemos eludir el otro imperativo, que tenemos la posibilidad de cambiar la ruta de quiebre civilizatorio y natural que hemos seguido hasta ahora.

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