El Curucupatzeo, un río que se muere

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Nombraron al río como se llama su poblado, o más bien el poblado se apropio del nombre del río. Los p’urhepecha tenían en aprecio este territorio porque les proporcionaba metales como oro y plata para sus ornamentos.

Ansiosos por saber de dónde procedía el metal que ostentaban los señores principales de estas tierras los españoles siguieron los viejos caminos y fundaron la congregación de San Diego Curucupatzeo. El virrey Antonio de Mendoza autorizó a Antonio Huitzemángari para que, bien dirigido, abriera el camino de las minas de Curucupatzeo. Por su parte, los frailes agustinos que se habían asentado en Tiripetio para emprender la evangelización del sur de Michoacán, edificaron en el siglo xvi una capilla en honor a San Diego.

Curucupatzeo, es el nombre que se heredó del pasado precolombino que, según algunas fuentes, quiere decir “lugar de llanos o baldíos con flores amarillas”. La toponimia describe con cierto romanticismo las cualidades de este territorio. Es cierto que lo baldío impera pues la vista se fatiga en la distancia encontrando si acaso una vivienda en las faldas de una empinada montaña y más al sur pequeños llanos aparecen incrustados entre cerros quebrados. La palabra usada para denominar el lugar quiso omitir la aridez y el calor agobiante y destacó la proliferación de flores amarillas.

Las ceibas, las parotas, los inmensos cactus que se alzan como dedos que claman al cielo y la densidad de cuitases que amarran la tierra de pendientes y barrancas, alcanzan el esplendor de vida con la llegada de las lluvias. El venado, el puma, la iguana, el bagre o la serpiente de cascabel, hacen armonía con ese ritmo y también prosperan. Entonces el río parece despertar de medio año de agonía, enfermo por contaminantes y carente de caudal porque en las tierras altas lo envenenan con agroquímicos y desagües robándole el agua milenaria que animales, plantas y humanos necesitan para vivir.

El hombre y los ríos están hermanados más por necesidad de las personas que por urgencia existencial de los ríos. Sin embargo, es una relación desigual de la cual los humanos hemos sacado beneficios abundantes y los ríos solo perjuicios. En descarga de las personas debemos decir que esa historia no siempre ha sido así. Las generaciones previas, aquellas que tomaban del río lo esencial, vivían en equilibrio con ellos y les profesaban un respeto como el que se tenían a sí mismos.

Para conocer el ánimo del río Curucupatzeo, su alegría, su melancolía y también su furia se necesita haber nacido escuchando su suave parloteo y haber vivido como huésped de su rivera y sus dones y haber sufrido con él su lenta agonía en los tiempos actuales.

Don Trino Ibarra nació en el lecho del río, lleva conviviendo con él 99 años. Sus ancestros también lo hicieron desde 1700. Es uno de los pocos que se pueden jactar de conocer qué le duele y qué le alegra al Curucupatzeo. Su antiquísima casa de piedra, adobe, otate y teja, mira al rio a una altura de 10 metros sobre el ancho cause que ha labrado el agua por miles de años. Así como ahora es testigo de sus aguas famélicas, oscurecidas por la contaminación, testificó su furia en 1955 con el azote del huracán “Connie” que arrasó con ceibas gigantes y echó a rodar piedras descomunales ampliando el ancho de un cauce que jamás volvería a llenarse. Como ofrenda al rio, tan pronto cesó la crecida, plantó una ceiba entre las piedras reacomodadas. Hoy, 65 años después, el árbol le corresponde con una amplísima sombra y una fresca brisa que conciertan el viento y las modestas aguas que corren.

Se han ido las serpientes de cascabel, el venado y el puma han disminuido en la misma medida que se muere el río. Los escasos peces que sobreviven en sus aguas están enfermos y no se pueden comer. Sus aguas ya no alimentan las semillas del maíz y del frijol como hace 25 años, tampoco sacian la sed de los pobladores. Viviendo en las márgenes del río deben traer de kilómetros arriba un chorrito de agua de manantial, de los pocos que aún quedan.

El conflicto social por lo que queda de sus aguas involucra a localidades de la tierra caliente maderense y a pobladores de la sierra alta. Allí donde nace, gracias a la infiltración de pinares, encinales y humedales, la pugna se agudiza entre huerteros y pobladores. Sus antes generosos caudales han desaparecido con la tala ilegal y las plantaciones. La tensión en los Lobos, la Cumbre, Moreno, Villa Madero, San Pedro, San Diego, etc., pre anuncia conflictos agudos. La decadencia del Curucupatzeo, precipitada por una actividad humana insostenible, se está revirtiendo contra sus huéspedes, afectando con mayor severidad a la gente más humilde.

No aprendimos a vivir en equilibrio con el río, como recuerda Don Trino Ibarra, y tampoco lo respetamos como lo hicieron los ancestros p’urhepecha y mestizos durante más de medio milenio. Lo estamos matando y no existe ningún plan para detener y mitigar el daño. Lo peor es que quienes lo arruinan no tienen conciencia de ello, su preocupación es la ganancia.

Los paisajes del Curucupatzeo, a pesar de su agonía, se levantan con orgullo, presumen las texturas de paredes basálticas, playas de arena gris claro, piedras labradas por milenios de aguas escultoras, colinas doradas por el sol y lunas refrescándose en sus aguas. Si el río termina muriendo sus pobladores lo harán primero. A largo plazo la vitalidad de la naturaleza le dará otra oportunidad al Curucupatzeo cumpliendo la profecía de su toponimia precolombina: “un lugar de llanos y baldíos con flores amarillas”. No va a ser lo mismo con los humanos.

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