Sospecha de quien diga que es sencillo

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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Una de las características que posee la sociedad de la híper comunicación es la fugacidad de la percepción. Percepción que se construye con residuos de creencias, por conceptos superficiales y desconectados del todo. La tentación de esta conciencia, que genera percepciones fugaces, es la de asumir que por el acceso a tantos e inagotables retazos de conceptos superficiales, puede otorgársele el acceso a verdades consistentes y perdurables. Cuando lo cierto es que lo único consistente es la fragilidad, fugacidad y la superficialidad de tal percepción. Estar expuesto a tanta información, ajena al examen crítico, no significa solidez en los juicios. No por ello la sociedad moderna es experta en ciencias, ni siquiera por ello puede presumirse que esté comprendiendo la realidad. De esa sustancia están hechos movimientos como los terraplanistas o los antivacunas.

La híper comunicación está soportada en medios extraordinariamente eficaces por los cuales transita a mayor velocidad y mayor alcance, como nunca antes, no la promoción del espíritu crítico y la búsqueda de lo diverso y razonable, antes bien la propaganda de causas deleznables, que bajo el noble cobijo de la libertad, impulsan nuevas maneras de subordinación económica, política y cultural. El sueño de que el arribo de altas tecnologías para la comunicación horizontal representaría la concurrencia amigable del pensamiento universal y la reconciliación de las discrepancias en diferentes regiones del mundo, porque antes no se conocían y conociéndose se desatarían de sus prejuicios, realmente no ocurrió. No se compara el eco que han encontrado el racismo, el nacionalismo aislacionista, la xenofobia, la violencia criminal, la persecución religiosa, el autoritarismo, con el que en menos decibeles ha encontrado la tolerancia, los valores de la democracia, la inclusión, el ambientalismo, los derechos humanos, la compasión, los movimientos de empatía, la solidaridad, etc.

Tratándose de comunicaciones horizontales, más allá de los poderes económicos que impulsan contenidos mezquinamente interesados y deleznables, tendría que decirse que como nunca había ocurrido, las personas son ahora un poderoso emisor de mensajes. Debe preocupar entonces que el poder constituido por ese amplísimo colectivo vario pinto, motu proprio,impulse contenidos semejantes. Es decir, que reconociendo el dolo de los poderes económicos y políticos, que así usan el medio de las híper comunicaciones, debe preocupar que las personas caminen en la misma o peor dirección comunicativa. Creer que el uso personal de una red, por ser tan singular, debe quedar exento de la responsabilidad ética y de las consecuencias de sus emisiones, es una fatalidad. Se es tan responsable como la poderosa corporación o el influyente organismo político que con tal fin participa.

No sobrevino la libertad responsable ni la riqueza de los contenidos de la comunicación con la masificación de la horizontalidad comunicativa. Ahora sólo está quedando exhibido un hecho lamentable: los medios modernos de la híper comunicación, como si fueran vitrina de cristal, están dejando ver la pobreza de ideas, los prejuicios, el ánimo autoritario, los afanes lapidarios, la mezquindad, la belicosidad, el afán manipulador, la mentira justificada, la humillación del otro y la superficialidad de la sociedad moderna. Son, con diáfana claridad, el espejo de lo que somos y que tanto cuestionábamos de los medios tradicionales.

La tendencia contemporánea, reconocida en algunas sociedades actuales como la estadounidense, algunas asiáticas y europeas y la mexicana, de hacer del simplismo la herramienta conceptual para atender los problemas globales, hemisféricos o regionales, es francamente suicida y tan absurda como sustentarse en el bagaje del terraplanismo.

Muchos políticos y gobernantes han sabido aprovechar la credulidad que reciclan las redes para ejercer gobiernos populares, que no eficaces. Le hablan a la gente con el discurso que saben que quieren escuchar y las acciones de política pública que aplaudirán aunque el éxito sea improbable. Hay una ventaja adicional en este procedimiento, siempre disponible en las redes, el recurso inagotable del prejuicio y el mecanismo automático de la inaceptabilidad del fracaso más que a costa de la culpabilidad del extraño, es decir, la facilidad para manipular a la conciencia formada por retazos de creencias y abundantes segmentos informativos asumidos sin reflexión. Reflexión, ese ejercicio del pensamiento que supone ir y venir a lo diverso, con método, con razón para desmantelar la fragilidad de nuestra pre concepción.

Por eso deben estar bajo sospecha de la prudente razón todas las salidas simplistas a la compleja realidad del mundo moderno. El mejor camino personal para generar juicios firmes debe estar -una vez desconectados de la vacuidad de los contenidos de las redes- sometido al examen, a la confronta, a la verificación, al estudio de los supuestos que nos venden como verdad absoluta. Por ese camino, tal vez algún día los medios de la híper comunicación, se vean inundados de un espíritu más constructor, de un ánimo más crítico y menos dispuesto a la manipulación del poder económico y político. Cuando esto ocurra también será el momento en que los “usuarios”, los comunicantes,  se habrán despojado del ánimo cómodo que otorga la rutina del auto elogio que hace que la vida corra por el cauce glorificado de las masas mansas.

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