Creer en la democracia

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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Para que el sistema político mexicano funcione debe darse una premisa: que la creencia en la democracia, como medio para legitimar nuestros poderes públicos y para ejercer el poder, sea compartida por una amplia mayoría y que el estado de esa creencia sea suficiente para que sigamos asumiendo el respeto por sus procedimientos, sus normas y sus resultados.

La democracia mexicana, por desgracia, hace tiempo se ha venido deteriorando en lugar de haberse fortalecido. La simulación ha corroído la oportunidad de creencia social en ella; sus resultados, escasos y hasta negativos por la mano de un sector de la clase política, no la están recomendando bien; la promoción de valores antagónicos a la democracia, como la corrupción, el autoritarismo, el clientelismo, el nepotismo, el pragmatismo sin principios, el desprecio a la voluntad ciudadana, han cortado el oxigeno para alimentar el crecimiento de una buena democracia a la mexicana.

La incapacidad que desde los liderazgos políticos se ha manifestado para generar una ruptura verdadera con la cultura que ha postrado al país en la crisis de credibilidad y rechazo que hoy oscurece nuestro horizonte, y que es replicada también desde la propia sociedad civil que tampoco ha podido irrumpir con discursos alternativos y transformadores de este estado de descomposición, es el síntoma más dramático que se ha constituido en un padecimiento crónico. No sólo es evidente y preocupante la falta de ideas, es más desoladora la falta de voluntad y determinación de los liderazgos políticos para abandonar el lodazal del pantano.

La salud de la democracia mexicana no es buena. La irresponsabilidad y mezquindad de muchos y connotados actores del arco iris político nacional no ha contribuido gran cosa para acreditarla. La aceptación de la democracia como sistema político que rige a los mexicanos tiene baja aceptación en las mediciones que suelen realizarse. La cascada de escándalos que ilustran la vida política nacional le están pegando en el centro del equilibrio de nuestra titubeante democracia. De tal suerte que asemeja a un barco a la deriva y con probabilidades de zozobrar.

Bajo este panorama, nada halagüeño, es que están transcurriendo las campañas a gobernador que en 4 estados de la república se realizarán este primer domingo de junio. Casi todos nos hemos detenido sólo en revisar la trascendencia de la elección desde la perspectiva de la fuerza de la partidocracia en cada entidad y en la probable configuración de la fuerza que mejor emergerá de este proceso para ir en pos de la sucesión presidencial del 18. Pero muy poco nos hemos detenido a reflexionar en que nuestra endeble democracia, no obstante su juventud, realmente tiene síntomas de vejez prematura y que podría no estar en tan buenas condiciones para procesar y asimilar las magnitudes de la descomposición electoral que ya están a la vista y la carga de la historia de descrédito que le precede.

El gran problema es que el descrédito que han venido arrastrando las instituciones democráticas constituye un factor de debilidad y riesgo para contener la fuerza de disrupción que están generando los procesos electorales a mano de la estrategia de los partidos en su objetivo de adelantar en el 4 de junio los escenario de la presidencial del 2018.

Si son las instituciones democráticas las que legitiman el acceso al poder y si estas están mal calificadas en la credibilidad social y a la vez son cuestionadas en su desempeño, como ya lo están siendo, lo que puede venir, como en el caso del Estado de México, es la inhabilitación de los mecanismos de legitimidad para el acceso al poder. Lo que podría derivar en una crisis de gobernabilidad que daría la puntilla para una crisis mayor de nuestro sistema democrático.

Si las cosas no salen bien, y parece ser que no saldrán del todo bien, la creencia de que la democracia es el mejor sistema para constituir y ejercer los poderes públicos, continuará su desplome y las vías autoritarias, como está ocurriendo en otras partes del mundo, podrán ganar cómodamente terreno. Y ese podría ser el terreno en que se mueva la sucesión presidencial.