El poder de los ciudadanos

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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A finales de los 80 del silgo pasado y todavía durante toda la década final de ese siglo, quienes creían en la importancia del cambio político para México, aseguraban a rajatabla que la participación electoral libre sería causa suficiente para que este país se transformara. Las elecciones que se vivieron entonces, apasionadas e intensas, estaban dominadas por ese anhelo, que la gente saliera a votar y ocurriera el cambio. El primero y real cambio que ocurrió fue el de la alternancia. Los partidos políticos comenzaron a alternar en algunas entidades y con ello se reforzó la idea de que el sólo voto podría causar los cambios. La alternancia mayor ocurrió en la elección presidencial del 2000 y por primera vez en la historia del México posrevolucionario tuvimos un presidente de un partido opositor.

Sin embargo, ni las elecciones libres ni la alternancia en el poder, ocasionaron una transformación tal que fuera reconocida y aplaudida por los mexicanos y que se reflejara en una mejora de la calidad de vida, o en que la corrupción declinara, la justicia fuera más eficaz, los dineros públicos fueran manejados con mayor transparencia, o se elevara la calidad ética de los políticos, o bien que el abismo entre riqueza y pobreza se angostara, o que los habitantes tuviéramos mejor seguridad, es decir, la esperanza de un buen gobierno no se ha podido materializar. Los modestos logros y equilibrios que han obtenidos los gobiernos han quedado sepultados pronto por los escándalos que regularmente protagonizan nuestros gobernantes y sólo queda la imagen de gobiernos mal presentados y de resultados mediocres, ineficaces o francamente desastrosos.

Y la irritación de los mexicanos ante esta falta de resultados ha seguido el camino natural del desapego a la credibilidad en el gobierno y en sus instituciones. Como en otras naciones se ha ido creando un rechazo al sistema. Rechazo a los partidos políticos, rechazo a los políticos profesionales, rechazo a los funcionarios públicos. Para algunos, la vía es no votar por los políticos dicen, quitar el dinero  a los representantes populares y a sus partidos; la vía es no creer en todo lo que ellos representan porque esa es la causa de los problemas que hoy vivimos. Y desde hace algunos años, aprovechando este contexto, muchos han optado por los representantes ciudadanos, aquellos que dicen no están metidos con los partidos que tanto son rechazados, y algunos han ganado elecciones. Sin embargo, tampoco los “ciudadanos” son prueba absoluta de que esta es la alternativa para encontrar la solución que el imaginario social quisiera ver realizada para aplaudirla como el punto de llegada exitoso de la evolución política mexicana.

No hemos querido ver la otra cara del problema. Acostumbrados como estamos a la cultura de la democracia electoral que reduce el poder de la participación de los ciudadanos a sólo un momento climático: la emisión del voto, que tiene sin lugar a dudas un gran valor legal y político, pero que inmediatamente después delega al representante electo el valor de su representación, anula y pospone de alguna manera la participación permanente, esa que es vital para que el representante acate la voluntad popular y para acotar los excesos del poder, además de impedir y sancionar las conductas indebidas.

El gran problema es que los ciudadanos aún queremos creer en que basta la elección del representante para que los asuntos que nos preocupan queden resueltos. A pesar de las amargas lecciones de las décadas recientes la ciudadanía quiere seguir empoderando sólo a sus representantes, cuando de lo que se trata es de empoderarse a sí misma. Mientras los ciudadanos no se dispongan a retener para ellos el poder de la participación de manera permanente, más allá y más acá del momento climático en que emiten su voto, este país difícilmente va a transformarse, pues no estaremos generando contrapesos sociales más que sólo buenas intenciones.

El cambio sustancial que este país necesita deberá provenir de la decisión ciudadana y de todo mexicano para participar permanentemente en los asuntos públicos ligados con su ámbito de vida. Podrán no escuchar una voz, pero cientos, miles y millones serán escuchadas; y podrán ser voces decisivas si los ciudadanos y todo habitante mexicano se organiza para velar por sus asuntos. En verdad que ocurrirán cambios, cuando los asuntos de México los transformemos con nuestras manos, pero para ello falta la conciencia y el compromiso de cada cual.